Me piro de viaje. De hecho me
estoy pirando de viaje. Ahora mismito voy en el bus. Aquí, sentadita como una
señora. Dándole a la tecla, porque, gentes lectoras, en el bus que me
transporta, los asientos tienen una bandeja maravillosa donde me puedo poner a
redactar con total comodidad.
Además, hay wifi.
Además, como va poco lleno tengo
mis pertenencias en el asiento de al lado e incluso me han animado a que me
ponga en un sitio donde poder reclinar el asiento más cómodamente.
He viajado mil veces en bus. Recorridos
largos, cortos, medianos… para todos los gustos, oiga y aunque siempre ha
resultado ser una opción de lo más resolutiva, el trayecto perdía su
importancia en pro del destino. Siempre ha sido la última opción a la hora de
desplazarme, en beneficio de otros medios de transporte, bien sea avión, tren o
incluso coche particular.
Pues hoy no. El bus en el que
viajo es algo más caro que otros que hacen el mismo trayecto, pero desde el
minuto cero la experiencia está resultando ser de lo más satisfactoria y
placentera. De hecho me atrevería a afirmar que me he sentido hasta querida. Se
han hecho cargo de mi equipaje y me han dado las indicaciones pertinentes para
que mi confort sea lo primero. En los 20 minutos que llevo de trayecto ya me
han ofrecido auriculares y caramelos. Mi asiento es cómodo de narices y, aquí
viene un pro y muy gord: me entran las rodillas incluso con el asiento que está
delante reclinado.
Y os preguntaréis, ¿cuál es el
motivo de esta disertación sobre las bondades de este autobús? Pues bien:
resulta que antes de decidirme por desplazarme de este modo opté por mirar las
opciones anteriormente mencionadas. La primera resultó ser el avión.
Seguidamente opté por el tren. Finalmente barajé la opción del coche. Por
último el bus.
Volvamos a la primera; el avión:
rápido, cómodo, eficaz… además, en principio el viaje venía a ser incluso más
barato. Ni corta ni perezosa me puse a gestionar mi pasaje. Datos por aquí,
datos por allá, vamos a pagar… ¡tocotó! Resulta que el precio que venía
indicado inicialmente se había alterado por obra y gracia del espíritu del dios
de los aviones así, porque si, sin despeinarse ni ná.
Ante mi cara atónita me paré a
pensar:
No solo nos cobran lo que les
sale de las narices, porque nunca jamás de la vida he pagado lo mismo que pone
en el precio inicial, si no que además nos vacilan en nuestra jeta. No sé cómo
serán las experiencias del resto, pero en mi caso, viajar en avión se convierte
en un stress gratuito que no debería ir asociado con un viaje que se hace por
placer. Hay que estar hora y pico o dos horas antes de que salga tu vuelo, eso
si es puntual, claro. Siempre tengo la sensación que llevo algo que me van a
quitar en el aeropuerto. Te hacen sentirte como un terrorista internacional
cuando el arco pita tras haber dejado en la bandeja todo el metal que llevas
encima (qué difícil lo tenemos aquellos que llevamos el metal dentro del alma
para no pitar 😝😝). Se me atacan los nervios ante la posibilidad de que me haya
equivocado a la hora de hacer el check-in y que finalmente no vaya a poder
viajar. Depende quien te toque en la cola de facturación podrás llevar unas
cosas o no… dos ejemplos: ejemplo 1. Hace unos años viajamos con una guitarra.
Llamamos al aeropuerto para asegurarnos de que no había ningún problema. Nos
confirmaron que efectivamente, no había ningún problema. Nos guardan la
guitarra en un armario que hay en cabina. Llegamos a nuestro destino. Todos
felices y contentos. Volvemos a viajar con una guitarra. Damos por hecho que si
una vez nos han permitido viajar con una guitarra no tiene por qué variar la
normativa. Llegamos al aeropuerto. La “amable” azafata nos indica que la
guitarra debe pagar un billete extra. Curiosamente es un vuelo entre semana a
medio día y que no está muy lleno. La guitarra debe viajar. La guitarra paga un
billete. La guitarra se sienta en su asiento y se pone su cinturón y atiende
diligentemente a las explicaciones para casos de emergencia. A la guitarra no
le ofrecen un vasito de agua. Me indigno totalmente.
Ejemplo 2: hace unas semanas
viene de visita una amiga con su hija. La niña es pequeña pero no tanto como
para ir en sillita. Traen una bici pequeña para que no se fatigue tanto. Llegan
al aeropuerto, facturan las maletas pertinentes, la bici viaja en el armario en
cabina. Mi amiga vuelve a casa. Van al aeropuerto, facturan las maletas
pertinentes, la bici se queda en el aeropuerto porque le han dicho que tiene
que pagar el triple de lo que ha costado la bici. Las dos viajeras llegan a su
destino y exponen su caso a la compañía. Los de la propia compañía alucinan.
Tras estos dos ejemplos y más
situaciones surrealistas de ese pelo llego a la conclusión de que desde el
momento en el que llegas a un aeropuerto como cliente te tratan como a ganado
en su camino al matadero. Casi parece que no tengas derecho a nada y todo
depende del humor con el que esté la azafata de turno. Lo mismo va todo rodado
y viajas sin incidentes que algo se cruza y te quieres echar a rodar tú en el
suelo y hacerte una bolita.
La opción dos que he mencionado
quedó descartada rápidamente por incompatibilidad de horarios. La poca
frecuencia no facilita que sea una opción viable.
En cuanto a la opción tres. Ésta se divide en dos. El coche particular, y luego un coche particular ajeno: la
primera subopción, la del coche particular propio, quizá para otros destinos no
sea una mala alternativa. Te pillas el coche y te plantificas en cualquier
lugar marcando tú el ritmo del viaje. Pero el destino de hoy no lo hacía
factible. Meterte en una ciudad grande implica demasiado tráfico y luego
aparca… la subopción del coche particular ajeno… es aún un mundo por explorar
por mí, pero, en estos momentos no me encuentro muy social y entre tener que
darle palique a un desconocido o ponerme los auriculares e ir a mi bola total…
Y así llegamos a la última
opción: el bus. Como ya he mencionado con anterioridad, es un medio que hasta
la fecha me ha resultado útil pero sin ser memorable. Por horario se adaptaba
bien a lo que necesitaba y en su web no me estaban amenazando cada dos minutos de que solo
quedaba un billete en ese horario, cómprelo o arrepientase por siempre jamás.
Aaaaamigo, hasta hoy. Voy
encantada de la vida en mi asiento acolchado y envolvente, con espacio de sobra
y con una amable asistente a la que puedo recurrir en caso de necesitar algo.
Desde luego, a mí me han convencido
y tengo claro que en el futuro, cuando tenga que hacer este trayecto y otros similares cuentan con mi billete si o si.
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