Parece que cada una de mis sagas tiene su público. Cuando escribo una entrada para una de ellas siempre hay quien me pregunta por la otra, y bueno, como más o menos la media es de una entrada al mes, la verdad es que se acumulan las experiencias de entrada en entrada. Hoy volvemos a la saga que narra las obras (interminables) de mi casa.
Para resumir la situación actual podríamos decir que ya nos quedan por hacer los techos y el suelo y algunos detalles de las paredes. Debo ponerme un recordatorio para hacer una breve crónica de lo que fueron mis pequeños ratos libres de agosto y mi relación con el pladur. Pero hoy no quiero contar eso, no. Aunque esté dentro de la saga, el capítulo de hoy tiene un enfoque diferente. Y en breves sabréis porqué.
Poniendonos en antecedentes tendría que decir que ahora no trabajo los fines de semana ni los festivos. Desde Octubre. Mi curro a destajo me está costando, pero bueno, todo sea por recuperar una vida social pseudo decente.
El caso es que hace un par de fines de semana nos disponíamos a rejuntear nuestro pladur maravilloso. Ya con la ropa de faena, porque si, tengo ropa para tal efecto; despues de un año en obras cualquier ropa que utilices solo servirá para tal actividad.
Ya estamos listos y dispuestos cuando oigo un golpe en la habitación de al lado. Y acto seguido a mi compañero de fatigas, entuertos y aventuras que grita "¡Buaaaaah, mira estooooo!" Voy corriendo y me encuentro con que en nuestra ausencia habíamos tenido una okupa que se ha estado lucrando de nuestro piso sin pagar alquiler. Adjunto imagen real de lo que nos encontramos:
La muy desvergonzada se había estado beneficiando de nuestras ausencias para montarse unas raves y unas fiestas de las buenas. Con catas de queso incluídas, porque esas lorcitas no se cogen en un día. A continuación una imagen desde el otro lado de la ventana.
La explicación: al hacer un segundo baño en la casa tuvimos que abrir la pared de las bajantes para poner un tubo con dos salidas. La pared llevaba abierta prácticamente desde el inicio de la obra, pero justo la semana anterior al fin de semana que estoy describiendo, nuestro albañil la enlució y raseó. Con lo cual, aquí nuestra amiga Romualda se quedó sin salida. Tras recorrer la casa para salir, porque claro, si no hay comercio ni bebercio como que no le interesaba permanecer en la casa, imaginad que mal quedaría ante sus amistades si diera una fiesta en la que no hay nada que ofrecer. Romualda solo encontró una salida, la de la ventana. Justo debajo quedaba parte del andamiaje que el albañil había utilizado, y la muy cuca se había subido y había intentado salir por la ventana. Pero una vida de excesos se paga, y claro, el culo se le quedó atascado entre la hoja y el marco. Y así permaneció como máximo durante dos días, que había sido la última vez que había habido alguien en casa. Pero en ese tiempo le dió tiempo a hacer muchas cosas. Comerse la goma de la ventana, desgarrar la cuerda de la persiana, cagarse en el suelo... vamos, de lo más ocupada que ha estado.Llegó el momento en el que había que bajarla de allí. Quienes me conocen saben que yo y los gérmenes nos llevamos un poco mal. Y lo de pensar en tocar al bicho ese que podría tener de todo como que no. No me hacía ninguna ilusión, así que con un palo de escoba la levantamos por detrás y así pudo salir por la ventana. Yo al principio pensaba que estaba muerta, pero parece ser que al salir mi compi de pagos hipotecarios a la terraza, el bicho se puso muy contento y le debió de saludar y todo. Tras nadie sabe cuanto tiempo ahí colgada las piernecillas de atrás no le respondían, así que la tuvimos que ayudar a desplazarse, como podeis ver a continuación. Atentos al detalle del tamaño de Romualda.
Y así de cómoda la bajamos hasta el portal, porque por mucha pena que le diera al portador del recogedor, yo no estaba dispuesta a darle cobijo en mi casa. Y mucho menos después de haberse comido parte de mis ventanas nuevas y de haberse cagado en mi suelo. ¡Hay dos baños casi listos! Podría haber tenido la deferencia de hacer allí sus necesidades. Decidimos que la mejor opción era bajarla a la calle y que allí llamara a alguna amiga que la viniera en busca.
Una vez en la calle, no sé si es que fueron los nervios o qué, que la vamos a dejar en una alcantarilla y vemos que la falsa de ella se hacía la muerta. En plan toda espatarrada y con la panza arriba.
Me hizo gracia contemplar la cara de horror que ponía la gente tras cotillear qué era lo que llevábamos en el recogedor.
Y bueno, ésta es mi entrada de Halloween, pero real como la vida misma.


