Han pasado un par de semanas desde que me he ido
de vacaciones:
Como todos, he seguido el procedimiento habitual,
y como la mayoría he disfrutado de la preparación de todos los trámites; a
saber: elección del lugar, reclamos del lugar, selección de los mismos,
organización del planning, compra de los billetes... vamos lo típico. Pero el
objetivo de este post no es el de contar qué es lo que he visto o dejado de
ver... para eso lo más fácil es visitar un blog de viajes, que posiblemente
tenga mucha más pericia y recursos que yo a la hora de describir esos lugares.
La razón de esta nueva entrada es la de la
necesidad compulsiva que tenemos muchas personas de llevarnos para casa el
máximo posible de esos lugares para poder mostrarlo a nuestros conocidos y
amigos. Con esta frase no me estoy refiriendo al saqueo y expolio de monumentos
y lugares varios. Ni mucho menos. Aludo a la manía compulsiva que tengo (y en
esta ocasión hablaré en primera persona, aunque sé que mucha gente también
tiene esa misma necesidad) de sacar fotos a discreción.
Aún recuerdo mi primera cámara de fotos. Con su
carrete. Con sus pilas... Vamos, toda una reliquia a comparación con las
máquinas que se ven hoy en día. Me veía limitada por los carretes que podía
llevar, y que por supuesto, que tenía que revelar. Era estudiante y no me podía
financiar grandes cantidades de fotos. Así que antes de hacer una foto, pensaba
muy bien qué iba a sacar, y cómo lo iba a hacer.
Posteriormente llegó la primera cámara digital.
Aquello era un portento de la tecnología. En mi círculo más cercano pasamos de
tener las típicas fotos de los eventos más destacables del año, a tener una
crónica detallada gráficamente de todo lo que hacíamos prácticamente de manera
diaria. Esa cámara no era mía, pero pasó a ser del grupo por el uso
indiscriminado que se le daba. Cualquier evento merecía ser recordado de la
manera más fiel posible. ¡Todo eso con 2 y hasta 4 megas de zoom!
Y así llegamos a la época en la que todo el mundo
tiene cámaras digitales. ¡Y con cuantos más megas mejor! Y si por lo que sea se
nos ha olvidado llevar la cámara tenemos el teléfono. Pura magia hace también
unos años. Aún recuerdo cuando en un concierto al que asistí como público el
cantante cogió uno de los primeros móviles con cámara de fotos pensando que
había alguien al otro lado de la línea... Su respuesta fué: "demasiada
tecnología para mí". Infeliz, ni te imaginabas lo que vendría más
adelante... Ahora ver las pantallas de los móviles y de las cámaras de fotos es
de lo más habitual, e incluso ya hemos pasado a ver ipads y tablets varias que
la gente se lleva tanto para hacer turismo como para ir de concierto.
Y ahora llega el germen que ha hecho que hoy me
sentara a escribir. En mis vacaciones he comprobado que ya no nos conformamos
con la típica cámara digital compacta. Pequeña, fácil de guardar y que hace
unas fotos de lo más aceptables. Para hacer fotos de catálogo de viajes no
puedes pretender visitar 8 lugares el mismo día. Soy más que consciente de
ello. Por ello para mis viajes, conciertos y escapadas varias me llevo mi
cámara compacta y me apaño maravillosamente con ella. Nos conocemos mutuamente
y sabemos qué esperar la una de la otra :D.
Pero me tengo por una persona curiosa que se fija
en los detalles y en este último viaje he tenido la oportunidad de satisfacer
uno de los interrogantes que se me planteaban. ¿Hay tantos fotógrafos
profesionales por metro cuadrado en todas partes y a todas horas? Señoras y
señores: No.
Esta duda ha surgido a raíz de contabilizar el
número de cámaras reflex que he visto en este último viaje. No podía ser que
salvo mi grupo de compañeros de viaje el resto de la gente fueran todos
fotógrafos de primera categoría. Pero claro, vistos los equipos que llevaba la
gente, esa duda me resultó inevitable. Mochilas enormes para cámaras enormes.
Objetivos capaces de ver qué piensa un ave en pleno vuelo. Flashes cegadores
que impiden que continúes con tu visita a menos que te pongas gafas de sol...
En resumen, todo un despliegue de medios. Pero, dada la gran afluencia de
gente, resultó ser de lo más sencillo comprobar que el virtuosismo del que me
sentía rodeada no era tal. ¿El modo en que averigüé que eso era así?
Casi todas esas cámaras de gran capacidad y
posibilidades estaban en modo AUTOMÁTICO.