Bueno, en esta entrada, que creo que será la que
cierre este maravilloso ciclo llamado "Días de Biblioteca" voy a
cumplir con lo prometido, que es contar casos reales acontecidos en el area
infantil. Desde luego estas situaciones hacen que el surrealismo más puro vea a
formar parte del día a día de la manera más natural.
Pongámonos en situación. Un día cualquiera,
primera hora, la biblioteca acaba de abrir sus puertas, y lo que se promete
como una mañana tranquila, pronto se convertirá en un tiempo lleno de
vivencias. Entra un padre con su niña pequeña bien asegurada en su sillita. La
biblioteca está vacía y tienen todo el espacio a su disposición. Tras varios
minutos me avisan mis compañeros de que hay algo que incumple la normativa y es…
que le están cambiando los pañales en mitad del recinto. Cuando me dirijo a
donde discurre la acción me encuentro con “el pastel” en todo su esplendor y
cuando le digo al padre que eso no se puede hacer ahí y que tiene unos baños
perfectamente equipados para esos menesteres el buen hombre me mira con cara de
alucine y me jura y perjura que no tenía ni idea de ello… ¿Será que normalmente
cuando va al supermercado o a hacer cualquier otra compra hace lo mismo?
Otra de las situaciones que han tenido lugar en
las últimas semanas es la de un niño que lejos de comportarse con mediana
normalidad, veo que empieza a sacar todos los libros de las estanterías a base
de empujarlos con el brazo. Ante mi cara a medio camino entre el horror y el
estupor al ver los libros caer de semejante manera, veo que una adulta que
parece ser su madre lejos de decirle algo saca el móvil y le saca una foto. Acto
seguido viene mi pregunta “¿Es su hijo?” Y ella lejos de avergonzarse, responde
muy ufana: “Si, y como en casa también hace estas cosas, le estoy haciendo una
foto para que mis conocidos vean que también lo hace fuera”. Ahí queda eso.
Digeridlo como podáis.
Circunstancia número tres: las visitas
programadas a la biblioteca. Vienen niños con sus profesores. En este caso no
lo hace la que está a cargo de esa zona de la biblioteca, si no que es otra
compañera la que maneja a los niños mientras la responsable se encarga de las
labores habituales. Este tipo de eventos tienen lugar por las mañanas, lo que
hace que el aforo no se vea superado por la visita. Los niños hacen alguna
actividad mientras los profesores supervisan desde un segundo plano que todo
marche correctamente. Bueno, esta sería la situación ideal, pero la realidad no
siempre encaja con esta descripción. En ocasiones los profesores se
desentienden de la clase mientras los alumnos alentados por el hecho de pasar
la mañana lejos de sus aulas se desfogan gritando como posesos y no haciendo ni
caso a la explicación. Por supuesto, si las cosas no transcurren según el
planning de la guía, la visita termina algo antes, dado que el tiempo está
pensado para que los alumnos participen en lo que se les propone. Bueno, pues
no serían una vez ni dos las veces que tras acabar la visita con un grupo
especialmente molesto los profesores, al verse de nuevo en la responsabilidad
de lidiar con sus alumnos, se quejan porque se les había dicho que la visita
duraría más tiempo. Por supuesto, las trabajadoras de la biblioteca no tienen
otro remedio que poner buena cara y dar las gracias por la visita.
Y bueno, para terminar con la compilación de
vivencias en la biblioteca, y para cerrar el ciclo, me gustaría señalar que también es habitual que tras estar la biblioteca abierta en horario
ininterrumpido durante 12 horas, vienen los usuarios a preguntarte por un libro
a cinco minutos de cerrar. Por supuesto esperan que se lo busques y que les
hagas el préstamo del mismo… Cuando les decimos que las peticiones solo se
pueden hacer hasta un cuarto de hora antes de cerrar… ¡uffff! Ahí tenemos de
todo tipo de reacciones para elegir. Desde el que lo comprende y un tanto
contrariado se marcha, al que insiste, ruega, amenaza, negocia… ¡De todo, oiga!
Y bueno, creo que esto es todo… por el momento, ¿no?