Bueno, pues aquí seguimos. Un domingo cualquiera. Con un sol radiante en la calle... o al menos eso es lo que me han dicho, porque lo que viene a ser mi persona no ha podido disfrutarlo puesto que me toca pringar en mi batcueva particular.
Y ya que estamos aquí, qué menos que aprovechar para contar los últimos avatares acontecidos por estas latitudes en los últimos días. Sin ir más lejos; antes de ayer mismo. Aunque primero, pongamonos en situación. Nuestros puestos de trabajo tienen una delimitación muy precaria. Vamos, que en numerosas ocasiones nos hemos encontrado con alguien que quiere sentarse en nuestro sitio, o incluso que ha llegado a hacerlo. Dudo que sea por la iluminación del lugar, o por la comodidad de las sillas. Doy por hecho que es porque el espacio entre sillas es más amplio y opinan que tienen más sitio para repantingarse (postura oficial de este lugar).
El caso es que en la zona infantil, esa delimitación es aún más pobre, y dado que nosotras nos estamos moviendo de un lado a otro la mayoría del tiempo, nuestros pequeños usuarios van a piñón según ven un ordenador libre. Les da igual que sea el de nuestro puesto de trabajo. De hecho, yo soy muy dada a la ironía, y en alguna ocasión les he preguntado a ver si estaban cómodos, me han respondido como quien espanta una mosca que si, que muy bien. De vez en cuando tienen unas respuestas muy grandes estos visitantes.
Y al hilo de esto venía la entrada de hoy. Una de esas situaciones graciosas que se dan de vez en cuando que hacen más llevadera una tarde infernal de domingo lluvioso, o unas cinco de la tarde día entre semana en época de colegio.
Se me acerca el otro día una de estas pequeñas usuarias a mi puesto. Como resulta bastante invasivo eso de que se te pongan al lado a preguntarte cosas y dedicarse a opinar acerca de las búsquedas que haces en la base de datos, a los adultos les suelo comentar eso mismo, pero a los pequeños les digo que si se quieren quedar a mi lado interpreto que quieren trabajar y que les pongo a ordenar libros. Eso suele ser suficiente para disuadirles de permanecer en dicha ubicación. Pero esta estrategia tuvo un giro argumental inesperado. La susodicha niña se me acerca y me pregunta muy salerosa ella por una película. Antes de disponerme a hacer la búsqueda le hago el comentario pertinente: -Si te pones aquí es porque vienes a trabajar, así que te pongo a ordenar libros, ¿eh?. - Muy pizpireta ella me responde con entusiasmo -¡Ah! ¡Pues vale!.
Así, perpleja realizo la búsqueda en la base de datos y una vez solventado ese problema ella insiste. -¿Ahora me vas a dar algo para ordenar? -. A una bibliotecaria no se le vacila, y menos con el tema del ordenado de libros.
Tenemos una serie de libros que no están en balda, sino en unas cajas de plástico para que los usuarios más pequeños puedan cogerlos sin riesgo de que se le venga una balda encima. Así que ni corta ni perezosa me llevo a mi ocurrente nueva compañera a esa zona y le explico que tiene que ponerme todos los libros de canto de manera que se vea el tejuelo de modo que queden todos ordenados de la misma manera. Previendo que se iba a aburrir a los dos cajones le comento que en caso de que decida no continuar me avise para saber dónde ha dejado de ordenar. Tras la breve explicación vuelvo a mi puesto ante la mirada atónita de sus educadores. Intuyo que la chiquilla no tenía costumbre de acatar las órdenes muy bien y no comprenden por qué no ha protestado ante la encomendación de esa tarea.
La siguiente hora permenació entretenida ordenando libros, y de vez en cuando me acercaba para ver si se habría cansado y andaba haciendo el mal por lo que yo denomino el Área 51, puesto que nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurre en esa zona.
Cuando llega la hora de marcharse me indica que ha ordenado 13 de las 22 cajas, lo cual está más que bien, porque en mis visitas de supervisión pude comprobar que de vez en cuando hojeaba los libros que estaba ordenando. Y teniendo en cuenta la tendencia a quedarse pegados a los ordenadores que hay, se podría considerar todo un logro.