O como hacer que una obra te cueste un ojo de la cara y casi perder la cabeza.
Nueva entrega de éste; mi viacrucis personal.
La luz parece que comienza a perfilarse al final del túnel. No con la fuerza de un led (como los que tenemos intención de poner por todo el techo de casa), pero pongamos que con la luminiscencia de una cerilla en una cueva...
El caso es que ya habemus techo. Uno bien sólido y resistente además de aislante... o bueno, eso creemos, porque aún no hemos tenido la oportunidad de hacer la prueba empírica; o sea, ver si realmente amortigua los berridos y pataletas de los vecinos del piso de arriba.
Siguiente paso, poner los focos, pero confiamos que eso se realice a lo largo de esta semana. Más que nada porque ir a trabajar y no tener ni una triste luz hace que la tarea se complique más de lo necesario, y creo que ya tenemos complejidad más que suficiente para tres vidas como para no facilitarnos la existencia en la medida de lo posible. ¡Que nos lo merecemos ya, hombre!
La tarea a la que hemos encomendado nuestras almas este fin de semana ha sido la limpieza general del suelo. A lo largo de la semana pasada nos han levantado el suelo putrefacto y lleno de carcoma que por un momento había pasado por nuestras cabezas la peregrina idea de mantener. La verdad es que han sido rápidos como el viento. En un día levantaron todo y al día siguiente, a desescombrar. Unos máquinas estos carpinteros. Pero claro, una cosa es desescombrar la madera y otra cosa muy diferente es dejar el suelo listo para trabajar sobre él y ponerse manos a la obra con el rastrelado.
Con lo que el viernes ya teníamos determinado el plan para el resto del fin de semana: limpieza a fondo. Con nuestras mejores intenciones y nuestro ánimo más lustroso nos encaminamos el sábado in da mornin' a nuestra labor. Nos pusimos nuestras mejores ropas de trabajo y ale, manos a la obra.
En mi cabeza, cuando me decían que se habían llevado toda la madera, la imagen mental que se formaba era la de unas habitaciones limpias de todo mal. La realidad no tenía nada que ver: la madera se la habían llevado, pero los escombros que habían quedado de la fase creación y enlucido de paredes allí permanecía. Todo ello unido a ingentes cantidades del polvo que abarcaban desde la década de los 50 hasta la actualidad. A elegir el año.
Pues manos a la obra. Primeramente reubicamos todo el material que todos los gremios han dejado en nuestro. Decididamente han hecho de nuestro piso su centro de operaciones y tenemos material para exportar. Así que tras hacer sitio y descartar un montón de material sin utilidad, cada uno con su escobita y con un recogedor amontonamos el resto de escombros y levantamos polvo como para rodar una secuencia de tormenta de arena de Lawrence de Arabia.
Oye, nos lo curramos un huevo, porque además de nuestras herramientas de alta tecnología, nos hicimos con una aspiradora industrial y lo dejamos tal que asín:
Que bueno, visto así, igual no parece gran cosa, pero garantizo que antes de empezar había ahí material amontonado para montar una de esas tiendas del triangulito verde de las cuales es tan fan Kristian Pielhoff, que no de las de "¡que llega la primavera, oseadeverdadtelojuro!"
Antes de terminar la jornada la tarde del domingo (he de señalar que no lo hicimos todo del tirón y que la tarde-noche del sábado incluso nos quitamos la mugre y salimos ha hacer un par de recados como personas decentes y respetables. Lo cual no tiene por qué ser siempre una razón sinequanon, porque en más de una ocasión nos hemos adentrado en el súper llenos de mugre hasta las orejas en un ahorro por realizar la compra antes de subir a casa. Por supuesto las miradas del resto de los clientes han viajado por todos los estados: desde el horror, a la incredulidad pasando por la lástima o incluso repulsión. Nuestra mugre creaba una capa de indiferencia que nos hacía inmunes a todas ellas.), tuvimos la oportunidad de poner en marcha la aspiradora... ¡Qué diferencia!¡Qué maravilla! Recogía todo el polvo paleolítico que rondaba por la casa en un momento y sin levantar nubarrones que amenazaban con asfixiarnos... Por supuesto, me hice con la máquina para pasearme por todos los tubos de la calefacción recogiendo los restos. Y en mi concentración no me percaté de que me había puesto bajo una de las ventanas que estaban abiertas para facilitarnos la mala costumbre esa que tenemos de respirar... ¿Alguien se imagina qué ocurrió? ¡Pues no! No rompí la ventana! Pero casi me abro la cabeza cual sandía en verano. Inconscientemente conseguí poner la cabeza en el centro exacto de la ventana, así que cuando me intenté poner en pié, vi las entrellas, la constelación de Andrómeda, la de Casiopea y la de Pegaso todas a la vez y a plena luz del día, ¡y sin telescopio! De ahí que mi pequeño Escorial casi me haga perder la cabeza.
En cuanto a lo del ojo... digamos que me desperté el lunes haciendo cábalas sobre qué tipo de parche me sentaría mejor. Finalmente me decanté por uno estilo Ana de Mendoza, pero con piedras de Swarovski, porque mira, para andar con medias tintas, pues no. Y lo de ponerle unas luces de neon con mi inicial me parecía un poco escandaloso...
Y eso.
Pues manos a la obra. Primeramente reubicamos todo el material que todos los gremios han dejado en nuestro. Decididamente han hecho de nuestro piso su centro de operaciones y tenemos material para exportar. Así que tras hacer sitio y descartar un montón de material sin utilidad, cada uno con su escobita y con un recogedor amontonamos el resto de escombros y levantamos polvo como para rodar una secuencia de tormenta de arena de Lawrence de Arabia.
Oye, nos lo curramos un huevo, porque además de nuestras herramientas de alta tecnología, nos hicimos con una aspiradora industrial y lo dejamos tal que asín:
Que bueno, visto así, igual no parece gran cosa, pero garantizo que antes de empezar había ahí material amontonado para montar una de esas tiendas del triangulito verde de las cuales es tan fan Kristian Pielhoff, que no de las de "¡que llega la primavera, oseadeverdadtelojuro!"
Antes de terminar la jornada la tarde del domingo (he de señalar que no lo hicimos todo del tirón y que la tarde-noche del sábado incluso nos quitamos la mugre y salimos ha hacer un par de recados como personas decentes y respetables. Lo cual no tiene por qué ser siempre una razón sinequanon, porque en más de una ocasión nos hemos adentrado en el súper llenos de mugre hasta las orejas en un ahorro por realizar la compra antes de subir a casa. Por supuesto las miradas del resto de los clientes han viajado por todos los estados: desde el horror, a la incredulidad pasando por la lástima o incluso repulsión. Nuestra mugre creaba una capa de indiferencia que nos hacía inmunes a todas ellas.), tuvimos la oportunidad de poner en marcha la aspiradora... ¡Qué diferencia!¡Qué maravilla! Recogía todo el polvo paleolítico que rondaba por la casa en un momento y sin levantar nubarrones que amenazaban con asfixiarnos... Por supuesto, me hice con la máquina para pasearme por todos los tubos de la calefacción recogiendo los restos. Y en mi concentración no me percaté de que me había puesto bajo una de las ventanas que estaban abiertas para facilitarnos la mala costumbre esa que tenemos de respirar... ¿Alguien se imagina qué ocurrió? ¡Pues no! No rompí la ventana! Pero casi me abro la cabeza cual sandía en verano. Inconscientemente conseguí poner la cabeza en el centro exacto de la ventana, así que cuando me intenté poner en pié, vi las entrellas, la constelación de Andrómeda, la de Casiopea y la de Pegaso todas a la vez y a plena luz del día, ¡y sin telescopio! De ahí que mi pequeño Escorial casi me haga perder la cabeza.
En cuanto a lo del ojo... digamos que me desperté el lunes haciendo cábalas sobre qué tipo de parche me sentaría mejor. Finalmente me decanté por uno estilo Ana de Mendoza, pero con piedras de Swarovski, porque mira, para andar con medias tintas, pues no. Y lo de ponerle unas luces de neon con mi inicial me parecía un poco escandaloso...
Y eso.
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