jueves, 7 de febrero de 2013

Días de Biblioteca Vol. II



Como ya predije en mi anterior entrada, muchas son las cosas que se han quedado en el tintero, pero como todo o casi, cuando va en pequeñas dosis, todo es más llevadero.

Si que me gustaría aclarar que todo cuando cuento aquí es verídico y lo cuento porque en el 95% de los casos me ha ocurrido en primera persona y si no ha sido así, es porque le ha sucedido a alguien que me lo contó en primera persona.

En este nuevo episodio de mi vida como bibliotecaria quiero narrar como la polivalencia de una biblioteca puede llegar a límites insospechados.

Puede ser un lugar de consulta, un lugar de estudio, un lugar de investigación… y un buen lugar donde echarte una siesta a pierna suelta. Objetivamente no es un mal lugar: silencioso, cálido, no hay un constante trasiego de gente al nivel que puede haber en la calle… No. Ciertamente podría ser un buen lugar donde pegar una cabezada, si no fuera por los ronquidos. Precisamente esa tranquilidad reinante hace que ese tipo de sonidos se escuchen con especial intensidad. Y bueno, una cosa es que se te cierren los ojos sin querer. Pero esas ocasiones son las menos. Lo puedo asegurar. Los casos más generalizados son de individuos que te encuentras convenientemente arropados y muy bien parapetados tras alguno de los ejemplares de la biblioteca. Estoy segura que hay quien hace de la “siesta en la biblioteca” todo un arte. Desde luego yo he llegado a preguntarme si acaso creen que por dormir allí todo el conocimiento que podrían adquirir les va a llegar de manera mística mientras reposan…

Otra de las utilidades que se le da a la biblioteca es el de lugar donde sacarte unos cuartos.

Tenemos a la sección que utilizan las instalaciones públicas, para sacar un beneficio pecuniario… no señores, no se pueden dar clases particulares en una biblioteca. Si fuera posible, las academias podrían ahorrarse mucho dinero de inversión en buscar un emplazamiento.

Pero ahora viene mi favorito. Reconozco que éste es de esos casos que me han sido relatados por otra persona, que es a la que le ocurrió. La historia cuenta lo siguiente: un día cualquiera esta persona estaba en su puesto de trabajo, cuando un exaltado usuario llegó a la mesa donde los bibliotecarios hacemos parte de nuestra labor. Allí le hizo saber a la persona protagonista, cómo había ido en los días anteriores a un conocido local de compra de materiales de segunda mano. Allí se percató de que estaba expuesta a la venta toda una colección de DVDs que curiosamente llevaban la pegatina de la biblioteca en cuestión. Este usuario reclamó al dependiente que devolviera ese material a su legítimo dueño, puesto que era evidente que quien lo había dejado allí no era esa persona. Finalmente, tras mucho discutir e incluso amenazar con llamar a la policía municipal, el dependiente entregó el material al usuario, que tuvo a bien devolverlo a la biblioteca.

Esta situación es de las que te hace ver, por un lado, que lo de la picaresca en este país es algo que no se quedó con Lazarillo de Tormes o a Rinconete y Cortadillo, si no que está más de actualidad que nunca. Pero por el otro lado, que aún queda gente con un par de dedos de frente que se da cuenta de que aunque lo que está en una biblioteca es de todos, precisamente porque es de todos, no es tuyo.

1 comentario:

  1. What the what? Así que no es solo que la gente robe de la biblioteca dejando sin determinados fondos públicos a los usuarios, sino que los dependientes de esos comercios pagan por el material que piensan vender después... Sinceramente, creo que todavía es peor el segundo caso. Muy bien por la persona que se quejó y devolvió la colección a su sitio.

    Un saludo!

    Teléfila

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