Como ya predije en mi anterior entrada, muchas son las cosas
que se han quedado en el tintero, pero como todo o casi, cuando va en pequeñas
dosis, todo es más llevadero.
Si que me gustaría aclarar que todo cuando cuento aquí es
verídico y lo cuento porque en el 95% de los casos me ha ocurrido en primera
persona y si no ha sido así, es porque le ha sucedido a alguien que me lo contó
en primera persona.
En este nuevo episodio de mi vida como bibliotecaria quiero
narrar como la polivalencia de una biblioteca puede llegar a límites
insospechados.
Puede ser un lugar de consulta, un lugar de estudio, un
lugar de investigación… y un buen lugar donde echarte una siesta a pierna
suelta. Objetivamente no es un mal lugar: silencioso, cálido, no hay un
constante trasiego de gente al nivel que puede haber en la calle… No. Ciertamente
podría ser un buen lugar donde pegar una cabezada, si no fuera por los
ronquidos. Precisamente esa tranquilidad reinante hace que ese tipo de sonidos
se escuchen con especial intensidad. Y bueno, una cosa es que se te cierren los
ojos sin querer. Pero esas ocasiones son las menos. Lo puedo asegurar. Los
casos más generalizados son de individuos que te encuentras convenientemente
arropados y muy bien parapetados tras alguno de los ejemplares de la
biblioteca. Estoy segura que hay quien hace de la “siesta en la biblioteca”
todo un arte. Desde luego yo he llegado a preguntarme si acaso creen que por
dormir allí todo el conocimiento que podrían adquirir les va a llegar de manera
mística mientras reposan…
Otra de las utilidades que se le da a la biblioteca es el de
lugar donde sacarte unos cuartos.
Tenemos a la sección que utilizan las instalaciones públicas,
para sacar un beneficio pecuniario… no señores, no se pueden dar clases
particulares en una biblioteca. Si fuera posible, las academias podrían
ahorrarse mucho dinero de inversión en buscar un emplazamiento.
Pero ahora viene mi favorito. Reconozco que éste es de esos
casos que me han sido relatados por otra persona, que es a la que le ocurrió. La
historia cuenta lo siguiente: un día cualquiera esta persona estaba en su
puesto de trabajo, cuando un exaltado usuario llegó a la mesa donde los
bibliotecarios hacemos parte de nuestra labor. Allí le hizo saber a la persona
protagonista, cómo había ido en los días anteriores a un conocido local de
compra de materiales de segunda mano. Allí se percató de que estaba expuesta a
la venta toda una colección de DVDs que curiosamente llevaban la pegatina de la
biblioteca en cuestión. Este usuario reclamó al dependiente que devolviera ese
material a su legítimo dueño, puesto que era evidente que quien lo había dejado
allí no era esa persona. Finalmente, tras mucho discutir e incluso amenazar con
llamar a la policía municipal, el dependiente entregó el material al usuario,
que tuvo a bien devolverlo a la biblioteca.
Esta situación es de las que te hace ver, por un lado, que
lo de la picaresca en este país es algo que no se quedó con Lazarillo de Tormes
o a Rinconete y Cortadillo, si no que está más de actualidad que nunca. Pero
por el otro lado, que aún queda gente con un par de dedos de frente que se da
cuenta de que aunque lo que está en una biblioteca es de todos, precisamente
porque es de todos, no es tuyo.
What the what? Así que no es solo que la gente robe de la biblioteca dejando sin determinados fondos públicos a los usuarios, sino que los dependientes de esos comercios pagan por el material que piensan vender después... Sinceramente, creo que todavía es peor el segundo caso. Muy bien por la persona que se quejó y devolvió la colección a su sitio.
ResponderEliminarUn saludo!
Teléfila